Autorretrato en el Bugatti verde| Tamara de Lempicka | 1925

Autorretrato en el Bugatti verde | Tamara de Lempicka | 1925

Autorretrato en el Bugatti verde | Tamara de Lempicka | 1925

Maria Górska nació en una familia acomodada que siempre estuvo relacionada con la clase alta polaca. En 1911, toda la familia viaja a Italia, y es allí donde la joven decide dedicarse a la pintura. Tras la separación de sus padres, y el nuevo casamiento de su madre, la impulsiva adolescente decide abandonar la casa de su familia. Conoce a Tadeusz Łempicki, el hombre con el que se casará tres años después. Tomará su apellido y creará así su nombre artístico, Tamara de Lempicka. Junto a su esposo, la artista emigra a Francia y comienza a frecuentar fiestas y eventos para relacionarse con la élite parisina, quienes serán los que compren sus obras y con quienes se permitirá sus excesos y caprichos.

El panorama artístico de la época era turbulento: el modernismo (art nouveau) fue popular hasta 1920, década en la que se impuso el art decó. Mientras que el modernismo ponía el énfasis en las formas de la naturaleza y en el romanticismo; el art decó era preciso, urbano y elegante. El estilo de De Lempicka durante este periodo era único: sus retratos estilizados y etéreos contrastaban con la rigidez propia de la pintura art decó. La artista utilizaba colores planos y creaba bruscos juegos de luces y sombras. Algunos incluso opinan que su pintura podría ser definida como un “cubismo suave”.

Tamara de Lempicka

Tamara de Lempicka

El Autorretrato en el Bugatti verde de 1925 es, probablemente, su obra mas conocida. De Lempicka pintó este lienzo a partir de un encargo para la tapa de una revista alemana de moda llamada Die Dame. Muchos creen que esta obra es un homenaje a la bailarina Isadora Duncan, quien murió estrangulada cuando su pañuelo se enredó en la rueda trasera del auto en el que viajaba. Pero la pintura de De Lempicka fue terminada dos años antes y, por lo tanto, no podría haber ninguna conexión con el trágico evento.

En esta obra es, sencillamente, un autorretrato de la artista en el cual ella misma se muestra libre e independiente. En aquella época, era extraño ver mujeres conduciendo automóviles. Los ojos entrecerrados le otorgan una expresión indiferente y astuta, de femme fatale. Los violentos juegos de luces y sombras pueden observarse en el vestido, el cual posee áreas iluminadas casi blancas que, inmediatamente, a oscuras, se hacen totalmente negras. Este contraste hace que la obra sea tanto fría como dramática, y esta scaracterísticas son las que hacen que las pinturas de la artista sigan siendo interesantes.

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~ por Álvaro Mazzino en noviembre 22, 2012.

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